Aunque muchos sectores de la sociedad siguieron emocionados el Miss Universo que se realizó por segunda vez en el país, para algunas mujeres estos eventos son espacios que venden una femineidad que no las representa y que perpetúa estereotipos de belleza y ciertos tipos de violencia.

Han transcurrido un poco más de 100 años desde que los hombres de países anglosajones se inventaron los certámenes de belleza.

Esta invención ha proliferado en el mundo y ahora existe una gran variedad de estos, en los que la belleza y las características de las personas que concursan se comparan y se premian para el entretenimiento.

Niñas, mujeres, hombres y desde hace poco la comunidad transgénero tienen sus concursos, pero indudablemente Miss Universo es uno de los más populares.

Los magnates al frente de las empresas de estos eventos han demostrado que más allá de los discursos sobre el valor de la mujer, buscan lucrarse y obtener beneficios o alianzas comerciales, aún así no les ha sido fácil hacer dinero con su visión de mundo y han tenido que acoplarse a las filosofías de cada generación.

En 2023, las reglas de oro se quebrantaron y fueron aceptadas en Miss Universo mujeres mayores de 28 años, casadas, madres, transgénero y de talla grande llegaron al top 20 de las mujeres más bellas.

La actual dueña de dicho certamen, Anne Jakrajutatip, magnate de la empresa JKN Global Group, expresó en su discurso de la edición 71, en enero de 2023, que el tiempo del machismo en Miss Universo se había terminado: “… es tiempo de que las mujeres lideren, esta será una nueva era en el que desde esta plataforma las mujeres nos empoderaremos para celebrar nuestro poder, el feminismo, la diversidad de culturas, de la inclusión social y la equidad de género…. celebraremos la belleza de la humanidad”. El público la ovacionó.

Y es que aunque durante años, este evento -entre otros similares- ha priorizado en las concursantes las medidas de los cuerpos, sus características físicas, su jovialidad, y el estereotipo de que las mujeres son buenas, carismáticas, humildes y filántropas, dejando en segundo plano sus capacidades intelectuales y su voz crítica, entre otras cualidades. Los concursos de belleza son una de las varias tradiciones machistas que han legado estigmas a las mujeres, mismos que las han hecho pensar que su físico es más importante que su inteligencia.

Por ejemplo, Alicia Machado. Tras ganar la corona en 1996 fue humillada por Donald Trump, dueño de la organización en esa época, por subir de peso. En una ocasión convocó a la prensa para evidenciar que la venezolana tenía libras de más.La también actriz expresó como su “jefe” se dirigía a ella con frases como: “te ves fea”, “te ves gorda”, “hola Miss cerdita”.

Machado ha dicho en anteriores ocasiones que Miss Universo bajo el mandato del ex presidente de Estados Unidos se lucró de su imagen sin pagarle un centavo y que como repercusión de la humillación y la violencia psicológica y verbal que recibía constantemente sufrió desórdenes alimenticios.

Una historia similar pero con final diferente vivió la Miss Universo de 2021, Harnaaz Kaur, de la India, quien también aumento de peso tras ganar la corona. Aunque fue agredida en redes sociales por el cambio de imagen, fue de las primeras concursantes “plus size” que habló del amor propio y de aceptar el cuerpo con los cambios que van ocurriendo con la edad.

Sin embargo, los certámenes de belleza continúan imponiendo estereotipos de belleza que afectan las percepciones de las mujeres y su valor en la sociedad.

El país pese a la diversidad vista en la edición 72 de Miss Universo no ha entendido que debe cambiar “el chip”, para aceptar que el valor femenino va más allá de la complexión física y que es lo que hace realmente a una mujer.

Edith Elizondo empodera a través de su activismo la diversidad de los cuerpos y el amor propio con adolescentes y mujeres en comunidades. Foto EDH/ Menly González

Imagen y concepto de femineidad estereotipada persiste en certámenes

Edith Elizondo, feminista integrante de la Asociación de Mujeres Itzchel para la Transformación Social y Cultural, opina que los certámenes de belleza siguen siendo un evento blanqueado, clasista y colonialista, que evidencia la necesidad de seguir luchando contra la competencia de los cuerpos, que es una violencia simbólica, y que “las mujeres siguen exponiéndose en vitrinas como objetos”.

Ejemplo de ello fue la visita del grupo de misses a la playa el Jagüey, en La Unión, en donde los habitantes solo pudieron verlas a la distancia, o como en un centro comercial fueron presentadas para que los visitantes se tomarán fotos con ellas.

Edith considera que aunque actualmente estos concursos se venden como una plataforma de empoderamiento y de luchas que se siguen aplaudiendo, el feminismo ha sido usado para crear morbo y determinar qué voces son valiosas y cuáles no; “muchas de estas mujeres hablan desde el privilegio”, pues las concursantes, en la mayoría de los casos, proceden de familias con recursos, o encuentran patrocinios que les aseguran su preparación física y destrezas necesarias que debe tener “la reina de la belleza”.

La defensora de derechos de la mujer recalca que la protesta es específicamente contra estas empresas o industrias que ponen en competencia a las chicas, “reconozco que participar en estos eventos es el sueño de algunas mujeres y es válido. Dentro de los feminismos, el derecho a decidir siempre va a ser importante, además para ellas ser parte de este concurso puede que crean que es liberador y las empodera”.

Una competencia por quién es más bella

Amaranta Portillo, psicóloga feminista, habla de cómo esto puede afectar al concepto de si misma de cada mujer no solo fuera dle concurso sino incluso de las participantes de los certámenes. “Muchas veces estos esteriotipos se les inculca desde niñas, en la televisión. A través de reality shows, hemos podido ver como sufren las concursantes por maltratos en los procesos de clasificación e incluso por no tener los estándares para ganar”.

La psicóloga recalca que no se está en contra de cómo las mujeres deciden expresar o mostrar su belleza, sino en cómo este es objetivizado y las empresas se lucran de ello. Tampoco se está en contra de que estas mujeres expongan sus intereses, luchas o discursos, sino en que sean evaluadas por decir algo aceptable, que no entre en polémica ni que ofenda a la sociedad o a los gobiernos de sus naciones, como le pasó a Miss Myanmar, Thuzar Wint Lwin, en 2021.

Thuzar Wint Lwin mientras modelava su traje típico cargó un cartel pidiendo oraciones por la situación de su país y que provocó que le negaran el ingreso después del concurso. Foto EDH/ AFP

Esta última no pudo regresar a su país con la corona por hablar del golpe de estado y la situación que vivían los ciudadanos por tal conflicto, lo que la obligó a establecerse en Tailandia.

O como en el Miss Universo 2023, en el que se condicionó a Miss Ucrania y Miss Rusia a no aparecer juntas o en las mismas fotos, como protocolo para evitar conflictos políticos.

Amaranta cuestiona también la influencia de estas plataformas que afirman ser espacios seguros para “ser tu misma”e incluso hablar de las problemáticas de los países participantes.

“La pelea no es con las misses…”

Mariana Moisa, de la Colectiva Feminista, acotó que desde su punto de vista estos certámenes son “un juego retorcido del sistema” en el que abiertamente se les permite hablar a las mujeres de abortos y otros temas, pero para ello deben cumplir el estereotipo, el estándar de cómo deben verse.

Moisa cree que se debe cuestionar ¿para qué sirve elegir a la mujer más bella del mundo o del universo?, y cuál es el aporte social de la decisión de los jurados a partir de la ganadora.

Para la activista y defensora de derechos a través de estos eventos se plasma la idea de que las mujeres se dedican a hacer beneficencia “no se nos ve como agentes de transformación o como personas que aportamos al desarrollo, sino como personas caritativas”.

Moisa recalcó que el análisis y la discusión no va en contra de las mujeres, sino del sistema que se lucra a través de ellas. “… celebramos su autonomía pero creemos que el evento sigue existiendo en función del mercado no de las luchas sociales o interes de las mujeres”.

“No es feminismo es el sistema capitalista usando las luchas de los movimientos sociales”, recalcó. Para ella, aunque en el certamen de este año el mensaje aparentemente enfatizó el amor propio y la diversidad de los cuerpos a través de Miss Nepal, fuera del certamen aún hay discriminación a las personas de talla grande y de la diversidad de género.

La transfobia en El Salvador aún es evidente por la manera como el youtuber Cinco Zavala discriminó a Miss Portugal en una transmisión en vivo o como en el certamen nacional de Miss El Salvador no se permitió que mujeres trans participaran.

Mariana considera que el evento que se lleve a cabo en El Salvador es un retroceso a los derechos conquistados a través de la lucha feminista. “… el gobierno quiere mandarnos a la cocina y a los antiguos roles en el hogar”.

Sandra Martínez es diseñadora gráfica, afirma que para ella no fue relevante el evento de Miss universo, «las mujeres debemos enfocarnos en ser mejores como persona y no permitir que esos estereotipos de belleza nos definan». Foto EDH/ Menly González

Misses, acceso, derecho y privilegio

Lorena Valle Cuéllar, economista feminista, cuestionó el empoderamiento femenino que se filtra entre los certámenes y cree que en realidad las concursantes ejercen su privilegio. “Participar en un concurso es un lujo, a diferencia de acceder como mujer a educación superior, que debería ser para todas un derecho y no un privilegio”.

Para esta profesional, el concurso sigue siendo un evento machista en el que las mujeres siguen teniendo que tener algunas medidas determinadas en su cuerpo para cumplir estándares que serán calificados por un jurado que incluye hombres. “Los estándares que se muestran siguen siendo inalcanzables para la mayoría de mujeres salvadoreñas y en general latinoamericanas”, agregó.

La economista señaló que en El Salvador más del 30 % de las ciudadanas siguen estando en pobreza y que esta cifra aumentó después de la pandemia.

Para ella, aunque los certámenes de belleza se vendan actualmente como diversos y abiertos a temáticas con derechos humanos, siguen siendo eventos que se basan en la fantasía, en la belleza manipulada, “ podemos hacer esa analogía con lo que está haciendo el gobierno para preparar la ciudad para este certamen”, Cuellar señaló que la ilusión de desarrollo, pulcritud, belleza al hacer cableado subterráneo, esconder cables y remover vendedores de las calles es un maquillaje de la ciudad como si en realidad fuera “el país más seguro y próspero”.

Cuéllar destaca que las feministas deben posicionarse ante estos concursos, pues en el caso de Miss Universo es contradictorio que inviertan tantos recursos en un evento que no tendrá efecto directo en la vida de las mujeres y las demás personas. “Los certámenes ya están desfasados y aún desconectados de la realidad de la mayoría de las mujeres.

Florencia Rivas: «lo que impacta es que esas expectativas se vuelven también propias y torturan en muchos aspectos de la vida profesional, afectiva y socio económica».Foto EDH/ Menly González

Miss Universo, 48 años después

Para Edith, Amaranta, Mariana y Lorena no es coincidencia que un evento como Miss Universo se lleve a cabo en el país, en coyunturas similares de represión de los derechos humanos y gobiernos totalitarios.

Y les parece aún más reflexivo, que el evento haya ocurrido durante el mes que se conmemora la lucha contra la violencia hacia la mujer y a sólo una semana de diferencia del Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, un evento que también reúne a decenas de mujeres del mundo pero para debatir sobre la situación actual de las mujeres, fortalecer la lucha por la equidad de género y establecer una agenda de trabajo de las organizaciones que defienden los derechos de las mujeres.

Cómo ciudadanas salvadoreñas, mujeres que de distintos ámbitos conocemos la realidad de las y los salvadoreños, enfatizamos que es necesario y muy importante que el Estado enfoque sus esfuerzos en apoyar a las familias de los desaparecidos de manera forzosa, a brindar justicia a los casos de feminicidio, a apoyar la inversión para prevenir los tipos de violencia, a ampliar las ofertas laborales para las mujeres, y que se apoye la educación para que no exista la necesidad de maquillar la realidad de un país.



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Por ahed