En la segunda mitad del siglo XIX, el naturalista migueleño Dr. David Joaquín Guzmán Martorell realizó diversas investigaciones e impulsos internacionales a la ciencia química nacional.

En diversos países, el 15 de noviembre se celebra oficialmente el Día de la Química por la fecha de su patrono católico san Alberto Magno (Baviera, 1193-Colonia, 1280), quien en su De mineralibus et rebus metallicis y De lapidibus desarrolló al mercurio y azufre como padre y madre de todos los metales. San Alberto Magno también fue pionero en describir -con detalle- procesos como la disolución, cocción, licuefacción, vaporización o cristalización. Redactó una obra precursora en la que, si bien no realizó experimentos, sí detalló de forma teórica conceptos que utilizamos en nuestros días.

En El Salvador, noviembre también es un mes de celebración para la ciencia química salvadoreña, ya que la carrera de Química de la Universidad de El Salvador inició labores el 19 de noviembre de 1850, nueve años después de que fue fundada la Universidad. Esta primera carrera, establecida por el francés Jules Rossignon, se transformaría en 1880 en la Facultad de Farmacia y Ciencias Químicas. La fundación de la facultad coincidiría con la incorporación de los gabinetes de Física Médica, Bacteriología e Histología, además del establecimiento de un Museo de Historia Natural. A eso se sumaría la incorporación de nuevos catedráticos, como el Dr. David J. Guzmán.

David Joaquín Guzmán Martorell (1843-1927) realizó sus estudios en el Colegio Nacional de La Asunción (San Salvador) y en el Colegio Seminario Tridentino (ciudad de Guatemala), del cual se graduó como bachiller en Filosofía (1859). Gracias al apoyo de su familia, cursó el doctorado en Medicina y Cirugía en París (1863-1868), donde obtuvo su título con la tesis Essai de topographie physique et médicale de la République du Salvador, Amérique centrale (Ensayo de topografía física y médica de la república de [El] Salvador, América Central), galardonada en 1869 con una mención honorífica.

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Durante su estancia en París, Guzmán formó parte del nuevo interés en la “ciencia del americanismo”. Se desempeñó como vicepresidente de la Sociedad Latinoamericana Científico-Literaria, a la cual se integrarían años más tarde otros intelectuales latinoamericanos, como el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo (1873-1927), el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) y el colombiano José María Vargas Vila (1860-1933). Su estancia en Francia también lo familiarizó con las ideas de la época, como el degeneracionismo y el darwinismo social. Estas ideas sustentarían los preceptos higienistas de la época y se verían reflejadas en futuros proyectos como la revista La Universidad (1875), en la que Guzmán Martorell participaba activamente, además de su impulso a leyes y reformas de corte liberal, como la obligatoriedad del trabajo y la educación primaria o cuestiones migratorias que afectaron a la población extranjera e indígena.

Tras su retorno a El Salvador, Guzmán Martorell se interesó por sistematizar y difundir los trabajos científicos que se desarrollaban en la región, además de mantener una agenda propia en la explotación y aprovechamiento de los recursos naturales con los que contaba el país, al mantener una amplia red de intercambio científico con sus pares latinoamericanos y europeos. Un proyecto que encontró espacio en las Exposiciones Universales organizadas en la época.

Fotografía del Dr. David Joaquín Guzmán Martorell, tomada cerca del año 1920. Junto con el médico vicentino Dr. Darío González Guerra formaron parte de una generación de productores nacionales de ciencia, vinculados con el proyecto político liberal en boga desde la revolución de 1871 .

Las Exposiciones Universales -desarrolladas en principio en las grandes capitales europeas, como París y Londres- reflejaron las agendas nacionalistas de los nuevos estados latinoamericanos, que se presentaron a sí mismos como los grandes proveedores de recursos naturales ante el mundo al ocupar grandes pabellones con objetos y colecciones nacionales. Los recursos mostrados pretendían traducirse en nuevas y mejores materias primas que los estados podían ofrecer y que podían ser rápidamente abastecidas gracias a las nuevas redes de transporte y comunicaciones.

La Exposición Universal de Chile de 1875 fue una de las primeras participaciones de El Salvador. Los productos seleccionados fueron recolectados y clasificados por el propio Dr. Guzmán Martorell como secretario de la comisión nacional. El cuidado en la selección de los objetos refleja su visión personal acerca de la ciencia y la nación, además de una agenda propia.

Para la parte industrial, seleccionó investigaciones que reflejaban las incipientes industrias química y farmacéutica salvadoreñas. Elogió la labor del sansalvadoreño Ambrosio Méndez (¿?-1885) como descubridor de sustancias como el extracto de nance (Malphigia montana), el extracto de escoba amarga (sinanthus) y la esencia de coñac. Guzmán Martorell lo incluyó en el catálogo de la exposición chilena como pionero en la elaboración propia de productos farmacéuticos de venta al público, con énfasis en su trabajo de extracción del elixir de copalchí (crotón pseudo-quina), una sustancia de sumo interés en la época gracias a su similitud con la quinina y la quinoidina, que no existían en Centroamérica. Méndez preparó con el copalchí un elixir tónico (bitter) y un extracto alcohólico, de gusto amargo, que Guzmán Martorell bautizó como Elíxir Méndez y que fue premiado años después por el Congreso salvadoreño.

Otro trabajo presentado se refería a los usos del pito (Erythrina corallodendrum), cuyas propiedades narcóticas eran muy superiores al opio, como ya había señalado el científico vicentino Dr. Darío González Guerra (1833-1910), lo que representaba una ventaja económica e industrial para sus agricultores.

La clausura oficial de la Exposición de Chile se realizó el 16 de enero de 1876. El Salvador obtuvo una medalla de primera clase y Guzmán Martorell logró el reconocimiento de la prensa de la época por su labor como comisario de la exposición. Eso le abrió las puertas para desempeñar esas mismas funciones en el resto de la región centroamericana.

Años después, en 1887, el Dr. Guzmán Martorell fue nuevamente nombrado comisario de la participación salvadoreña, pero esta vez en la Exposición Universal de París que se efectuaría en 1889, en el marco de la conmemoración del centenario de la toma de La Bastilla.

Esa vez, cuestionó los monocultivos del añil, el café y el azúcar, que ocupaban amplias extensiones de tierra, pero estaban sujetos a los vaivenes de los mercados internacionales. Guzmán Martorell aprovechó el marco de la Exposición para repensar la industria y propuso una serie de productos, como maíz, fibras textiles, goma-resinas que fuesen factibles de ser cultivadas a gran escala en el país y convertirse en nuevos productos de exportación.

En este marco, la industria química que presentó El Salvador en la Exposición se encontraba en función de las plantas útiles ya señaladas por Guzmán Martorell en anteriores estudios. El añil, sus semillas y su amplia gama de variedades (morado, azul, mezclado) fueron exhibidos como representantes de las regiones de San Miguel, San Vicente, Chalatenango, Santa Ana, La Paz y Cabañas. Si bien la comisión nacional de la exposición había solicitado muchas más clases de añil, ya fuese en formato de terrones o marquetas, no obtuvo respuesta por parte del resto de los añileros. El añil salvadoreño también fue incluido en la categoría de planta industrial y las muestras comprendidas fueron numerosas y de la mejor clase.

Otros productos, como la cochinilla, el palo campeche, el achiote y el camotillo fueron presentados por Guzmán Martorell en la rama farmacéutica e industrial, junto con tinturas elaboradas a partir del nacascol, mamey, corteza de lima, copalchí, nopal, pito, bálsamo o papaya. Además, exhibió diversas gomas como el opinol, cipe, copinol, oscura, de espino, cipe, amate, conacaste, nacascolo y el bálsamo.

Derecha: Copalchí (Coutarea latiflora), procedente de la Colección Torner de la expedición de Sessé y Mociño, cortesía del Hunt Institute for Botanical Documentation, Carnegie Mellon University, Pittsburgh. Izquierda: Bálsamo (Myroxylon balsamum var. pereirae), en Pharmacopoeia of the United States of America, 1880. Imagen cortesía de la Biodiversity Heritage Library.

Guzmán Martorell también presentó productos de los que se tenían investigaciones en curso, como el guaco o bejuco (Wikania guaco), a cuyo tallo se le atribuían propiedades medicinales como curar heridas, afecciones en la vejiga y el cólera; la graciola (Gratiola abortiva) utilizada contra el aborto, las hemorragias internas y las diarreas crónicas; la quina (Exostema flohumdum) en sus diversas clases y considerada útil como sombra a los cafetales; la calagua (Erythrarea), zarzaparrilla (Smilax), liquidámbar (Sytrax offcicinalis), el riurbarbo del país (Jatrepa), mechoacán (Convolvunius Mechoacán), la cañafístula (Cassia fístula), también conocido como el árbol de la lluvia de oro, procedente de San Miguel y cuyo fruto era utilizado como laxante. A ellos se sumaron el carao, la contrayerba, el cabello de ángel, el cordoncillo, el orosus del país, la vainilla de Sonsonate, el tempate, la lombricera (o diente de león), el tamarindo, el marañón, el guayaco y el sasafrás, que engrosaban la lista de la colección especial formada por el Dr. Guzmán Martorell a manera de presentación del potencial botánico de El Salvador y su farmacopea.

Una atención especial mereció el papayero (Carica), ampliamente estudiado por Guzmán Martorell y Antonio Liévano (¿-?) en 1878 acerca de las propiedades de la resina de la papaya y una sustancia amarillenta obtenida por lixiviación, la papaína. Según Guzmán Martorell, su investigación se inspiraba en el trabajo de los botánicos franceses Wurtz y Bochefontaine. Tanto el fruto como la leche del árbol de papaya eran considerados digestivos de alta calidad, muy superiores a la pepsina animal. El jugo lechoso del árbol, en contacto con la carne cruda, actuaba como un disolvente en corto tiempo, siempre que la temperatura se mantuviera entre los 35 y 40 grados Celsius. Este resultado sería publicado también en la revista La Naturaleza de la Sociedad Mexicana de Historia Natural.

El interés de Guzmán Martorell también se extendía a las propiedades del cedrón -un árbol de la costa salvadoreña de cuya corteza se extraía la cedrina, un alcaloide muy parecido a la quinina-, la doradilla, el copapayo y la cáscara de pito fueron incluidos en la colección. Otra esencia “sumamente acre”, destinada a tener aplicaciones terapéuticas y como condimento fue incluida en botecitos azules de una onza. Esta “cicuta salvadoreña”, como la llamó Guzmán Martorell, fue cultivada en el Jardín Botánico de San Salvador y fue extraída por el médico y farmacéutico Dr. José María Vides (1830-1907), oriundo de la ciudad de Santa Ana.

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Tras el fin de la Exposición Universal de París de 1889, el parisiense Dr. Ernest Hardy (1826-¿?) leyó un informe del estudio realizado en colaboración con Narcise Galois (¿-?) acerca de diversos productos vegetales ofrecidos a la Sociedad Botánica de Francia por el Dr. Guzmán Martorell, comisario general de la República de El Salvador en la Exposición Universal. El estudio versaba sobre veintidós plantas nativas examinadas. De estas, “dieciocho contienen alcaloides, varios de los cuales actúan como tónicos en dosis bajas”. Esos alcaloides, según ambos científicos, tendrían aplicaciones terapéuticas, por lo que sugerían que la susodicha sociedad parisina solicitara nuevas cantidades, con el fin de caracterizar cada una de las sustancias, ya que las muestras que les fueron otorgadas eran muy limitadas.

El perfil de Guzmán Martorell nos acerca a la selección de colecciones y su curaduría tal y como fueron mostradas en las diversas exposiciones internacionales en las que El Salvador participó. Su selección se propuso mostrar la riqueza del suelo salvadoreño y la inagotabilidad de los recursos como materias primas que estaban al alcance de los inversionistas y empresarios, sobre todo europeos.

Fue hasta 1915 cuando el Ministerio de Agricultura salvadoreño lo comisionó para que realizara investigaciones botánicas en Santo Tomás (departamento de San Salvador), con miras a seleccionar plantas de fibra para la fabricación de papel, pues las industrias tipográficas nacionales estaban afectadas por la Primera Guerra Mundial. Por desgracia, sus trabajos en este campo no fueron empleados jamás por las autoridades nacionales, aunque sí le permitieron fundar y mantener, de manera efímera, el Jardín Botánico de San Salvador.

(*) Este artículo se extrae de partes del libro “Historia de la ciencia en El Salvador”, investigación en curso promovida por la Universidad la Francisco Gavidia (UFG, San Salvador), de la que los autores son investigadores asociados.



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Por ahed