El padre de la periodista Carolina Amaya, liberado hace dos semanas, relata las vicisitudes de la vida de los capturados que se encuentran dentro de las cárceles salvadoreñas.

Los rostros de los enfermos, los reos durmiendo en el suelo, las cubetas que utilizaban como inodoros, las carreras en cuclillas para el conteo, los nombres de los nuevos amigos de celda, la alegría de recibir un paquete y el temor de no volver a su familia, son algunos de los recuerdos que acompañarán a Benjamín el resto de su vida.

Con mucha serenidad, pero con la tristeza por los que aún han quedado encarcelados de forma arbitraria, Benjamín Amaya, padre de la periodista Carolina Amaya, narra el calvario que vivió durante los diez meses que estuvo encarcelado en tres penales distintos, tras ser capturado el 28 de febrero de 2023.

Esa noche mientras regaba las plantas, al ver llegar a un grupo de policías, salió a su encuentro, pues asegura que él no tenía nada por qué temer. Los agentes después de verificar su identidad le explicaron que la Fiscalía General de la República (FGR) había girado una orden de captura en su contra por amenazas, por lo que sería detenido.

Solo unos meses antes él y otros campesinos habían sido amenazados por una empresa de energía solar para que abandonaran un terreno estatal en la finca Argentina, que ellos utilizaban para cultivar maíz, frijol, hortalizas y algunas frutas.

El campesino y veterano de guerra, de 63 años de edad, antes de llegar al sistema penitenciario pasó por las bartolinas de El Penalito y la delegación de Lourdes, debido a que, al no tener acceso a ningún medicamento, la presión arterial se le subió y en Centros Penales se negaron a recibirlo en esa condición.

En las bartolinas durmió en el suelo, solo con la ropa que llevaba puesta, no había colchonetas, ni colchas, por ser un lugar de paso previo a las prisiones.

Odisea carcelaria

No tiene certeza de cuánto tiempo pasó en las bartolinas, porque perdió la cuenta de los días, pero el primer penal al que fue enviado es el de Ilopango. Ahí en Ilopango, como todos los reos, pasó por el “temible” anexo, un espacio en el que habían casi 300 internos en donde se defeca en baldes a la vista de todos.

La comida de todos los días era una porción de frijoles, arroz, dos tortillas delgadas y café, dentro de un tupper que se debía compartir entre dos personas.

El momento del baño, es lo más terrible que recuerda, los custodios metían a golpes de garrote, a todos los reos desnudos en un espacio reducido, luego los hacían correr por unas gradas hacia un espacio donde había unos siete barriles con agua.

“Si andaba listo uno agarraba el huacal  y se echaba las dos ‘huacaladas’ que le tocaban, entonces el otro se metía debajo para que le cayera también a él, para bañarse también con esa misma agua” dice.

Para dormir, los que habían recibido una colchoneta de parte de su familia las colocaban en el piso una junto a la otra, para hacer una especie de colchón gigantesco, donde dormían los que cabían.

Benjamín explica que al llegar al sistema penitenciario, la única forma de comunicación con la familia no se basa en palabras, sino en los paquetes que los parientes llevan y que el reo recibe. Esa es la única manera de saber que la persona encarcelada está viva y es la única forma que el reo sabe que su familia no lo ha olvidado.

“Esa es la forma de comunicación que hay con la familia, uno se siente optimista aunque no sabe quién se lo ha puesto, pero uno se alegra, porque piensa que su familia está bien. Recibir el paquete es una gran bendición” dice.

Tres días después, Benjamín fue trasladado al sector B en una celda donde habían literas, pero en cada una debían dormir tres reos, porque no alcanzaban para todos. Los menos afortunados dormían en el suelo sobre colchonetas, en cada colchoneta dormía tres en posición “tronco y punta”.

Los reos de mayor antigüedad tienen el control e imponen sus propias reglas, el que las quebranta es denunciado con los custodios y enviado a las celdas de castigo. “En Ilopango a las personas las castigaban con garrote, sean, ancianos, sea lo que fuera” relata.

El vuelo a Mariona

“El vuelo”, como le llaman en el lenguaje carcelario al traslado, de Benjamín hacia Mariona fue el 11 de mayo, pero ni su familia, ni sus abogados fueron informados, su  hija solo lo supo hasta que llevó  un paquete a Ilopango y ya no se lo recibieron.

Luego de pasar una semana en un área de ambientación, fue enviado al sector uno, donde las condiciones mejoraron, en el sentido que ya tenía una litera individual.

En esa prisión Benjamín fue clasificado como reo “común” y por ello tuvo acceso a una mejor alimentación que incluía algunas veces huevo y “lengua de perro” una especie de embutido.

Ser reo común también le daba derecho a recibir charlas de salud mental, autoestima y convivencia. En el sector uno había unos 600 reos, los cuales ocupaban de 20 en 20 las celdas, con una puerta enrejada y una pequeña ventana donde les entregaban la comida.

El padre de la periodista narra que en este penal el agua es más accesible, pero cae caliente lo que le provocó la caída de su cabello, pero eso no le importaba porque el baño es importante para contrarrestar las enfermedades de la piel que proliferan en el lugar.

La raqueta y la liguilla u hongo de agua son los más comunes, la primera es una especie de alergia que produce ciertas descamaciones en la piel y la segunda sí es más grave, porque son protuberancias dentro de la piel que se infectan de pus, que cuando el afectado se agrava presenta fiebre e incluso puede causar la muerte, dice.

“Las enfermedades son una bomba de tiempo debido al hacinamiento” agrega. Otro de los padecimientos que afecta de forma masiva a la población carcelaria son los relacionados a problemas renales, pues según él hay una gran cantidad de reos afectados con esa enfermedad.

Mientras Benjamín estuvo recluido en Mariona, murieron dos personas, uno que se encontraba en su misma celda, un hombre de unos 75 años de edad, quien estaba bastante enfermo. El otro recuerda que era de la celda que ellos le llamaban A-0, a quien aparentemente le dio un infarto.

“Las condiciones que uno tiene allí es como estar en una guerra, en una guerra a cada rato está viendo que están cayendo compañeros” asegura.

Al ver la muerte de los compañeros, el señor relata que algunas veces pensó que quizás no iba a volver a su familia, porque en el penal hay un espacio que le llaman hospital, pero los reos son llevados hasta que están muy graves.

En muchas ocasiones los invade la nostalgia y la incertidumbre de no saber de su familia, pero es algo que está prohibido demostrarlo, porque los que ya están condenados o no reciben ninguna ayuda de sus familiares, se burlan de todo aquel que muestre un signo de debilidad.

“Uno no sabe si la familia de uno está bien o está mal, si se murió alguien: es una incertidumbre que uno tiene. Cuando uno está detenido en un penal es como si estuviera muerto” asegura el agricultor.

A la granja penal

En octubre, Benjamín, junto a otros reos de la tercera edad, fue traslado a la granja penal en el municipio de Zacatecoluca, está vez tampoco fue informada su familia, ni el abogado defensor, ni el juzgado que llevaba su caso.

En la granja hay cuatro módulos, él fue colocado junto a otros 296 reos en el módulo cuatro, planta baja, de donde Benjamin solía ver por las ventanas el verde de los árboles cercanos.

Aquí también debían recibir las charlas mientras permanecían en bancos elaborados con palos rollizos por los mismos reos, pero que eran un martirio para aquellos que tienen hernias grandes en los testículos.

“Esas personas no aguantan al estar sentadas y se quejan, pero les exigen que tienen que estar en la clase, de lo contrario, tienen que tener un documento de la clínica que les respalda para que se queden en la celda” explica.

El 21 de diciembre por la tarde, Benjamín sin saber que un juez había decretado su liberación bajo medidas sustitutivas tras el pago de una fianza monetaria por parte de su familia, fue llevado a un chequeo médico dentro de la granja, ahí le explicaron que estaba bien de salud, a pesar que él dice que no se siente bien.

Ese mismo día lo cambiaron de celda y le entregaron ropa nueva, pero fue hasta el siguiente día al mediodía que le entregaron una copia de la carta de libertad.

Fuera de la granja su compañera de vida, sus tres hijas y representantes de la Asociación de Periodistas (APES) se encontraban desde la mañana a la espera que se los entregaran.

Sin embargo, dos custodios sacaron a Benjamín en un microbús que utilizan como ambulancia, de manera que nadie pudiera observar que lo llevaban dentro e  intentaron dejarlo en una delegación de Zacatecoluca, para que la Policía le hiciera la entrega a la familia, pero los agentes no lo recibieron, al no ser una procedimiento establecido por la ley.

Al final de la tarde el microbús lo llevó hasta una calle cercana a su casa, aún vestido de blanco. En sus manos solo llevaba su carta de libertad y unos lentes que le servían para leer la Biblia y que había intercambiado en el penal por 10 cafés, la moneda de cambio de los centros penitenciarios.

Mientras eso sucedía sus hijas, estaban a punto de retirarse de las afueras del penal embargadas por la tristeza, sin saber que era él quien ya las esperaba en casa.

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Por ahed