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Un joven oriundo de Tacuba lleva casi un año preso, acusado de ser pandillero. Su madre niega tales señalamientos. Los soldados lo torturaron con golpes colocándole una capucha, para que aceptara que era pandillero. Un menor de edad también fue torturado

El 10 de octubre de 2016 y el 11 de septiembre de 2022 son dos fechas que Juana Gómez no quisiera recordar por el sufrimiento que significan para ella, pero le es imposible.

En la primera, su hijo, Saúl Humberto Turbín Gómez, desapareció cuando regresaba de su vivienda a las instalaciones de la Fuerza Aérea de El Salvador, donde estaba en un curso de entrenamiento previo a viajar a Malí, como parte de las Fuerzas de las Naciones Unidas para estabilizar la paz en esa nación africana.

Desde hacía más de dos años era soldado de la Brigada de Artillería. Pero el 10 de octubre de 2016, junto a tres soldados más, fueron llevados por la fuerza por miembros de la Mara Salvatrucha (MS-13) de la colonia Vista al Lago, quienes después de torturarlos, los asesinaron y enterraron sus cuerpos en fosas clandestinas.

La segunda fecha, el 11 de septiembre de 2022, a casi seis años de que su hijo soldado desapareciera, otro de sus hijos también está prácticamente desaparecido, porque no sabe nada de él, afirma.

René Ovidio Castro Gómez fue capturado el domingo 11 de septiembre del año pasado, cuando junto a dos de sus hermanos menores, de 16  y 14 años,  regresaba de sembrar frijoles en un terreno del cantón El Jícaro, siempre del municipio de Tacuba.

Según lugareños, René fue capturado por cuatro soldados que se encontraban cerca de una vivienda. En el sector acabada de llover cuando los tres jóvenes fueron llamados por los soldados.

Los militares ordenaron al menor de los tres que se fuera para su casa y dejaron al de 16 y al de 18 años, a quienes les ordenaron colocar sus herramientas (machetes y chuzos) en el suelo. Al de 18 años le ordenaron que se hincara con las manos en la nuca; al de 17 lo pusieron de pie, con las piernas separadas y las manos en la nuca.

Interrogatorio y capucha

Según los testimonios, los soldados querían que los jóvenes les dijeran cuáles eran los caminos y escondites habituales de los pandilleros en esa zona.

 Los jóvenes dijeron que no lo sabían pero los militares les replicaban que si ellos trabajaban en la zona, tendrían que saberlo.

Ante las respuesta negativas,  comenzaron a golpear a René. Con el puño cerrado le pegaban en la cabeza o en el tórax. El joven suplicaba que no lo golpearan más. Así los tuvieron por aproximadamente 45 minutos.

Luego, a la tortura física le añadieron la tortura psicológica:  los soldados amenazaron a René con cortarle los dedos de las manos. Y en efecto lo obligaban a poner una mano extendida sobre una piedra.

La Convención contra la tortura y tratos o penas crueles define como tortura “ todo acto por el cual se inflija intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión…”.

El militar que parecía comandar la patrulla le dijo a un soldado que le llevara los corvos y al menor de 16 años. Luego se acercó a René y le dijo que si no quería hablar le cortaría los dedos al hermano, a quien le sujetaron una mano y se la pusieron extendida sobre una piedra, mientras el militar blandía el machete.

Como la respuesta seguía siendo la misma, el militar le dijo al menor de 16 años, que como René no quería hablar, le cortaría la cabeza a él, es decir, al menor.

Pero al cabo de unos minutos, le ordenaron al menor de edad que se fuera para la casa; le dijeron que su hermano se quedaría allí porque era pandillero y que lo capturarían.

Luego de que el menor se retiró, la tortura contra René se incrementó, según Juana De acuerdo con testigos del hecho, citados por la  madre de los jóvenes, los soldados cortaron un garrote con el que comenzaron a golpear a René.

Como el joven gritaba de dolor, lo amordazaron. Y cuando se percataron de que varios lugareños estaban observando, los amenazaron para que se encerraron en sus casas, so pena de correr la  misma suerte.

Lo último que los lugareños vieron fue cuando los soldados le pusieron una bolsa en la cabeza a René.

Cuando Juana salió de su casa a interceder por su hijo, lo encontró cuando ya lo llevaban para el puesto policial de Tacuba. Lo vio maltratado, revolcado y con la mirada perdida.

“Parecía fuera de sí. Cuando lo encontré lo vi como que había perdido el sentido. Como a él me lo golpearon, le amarraron la boca; la gente que vio me dijo que le habían amarrado una bolsa. Yo siento que eso a él lo había asfixiado y por eso lo vi mal”, asegura Juana.

“Venía los tres juntos y me dejaron venir al más pequeño, de 14 años. El otro vio como lo comenzaron a golpear. Él me ha contado que les querían sacar a la fuerza les dijeran que andaban con los pandilleros. Los querían obligar a que dijeran (aceptaran) que eran pandilleros”, detalló Juana.

Ya en la policía, Juana le dijo que su hijo andaba trabajado, que no había desayunado ni almorzado, que por favor le permitieran comprarle comida. Un policía aceptó. En el mismo puesto policial le dijeron que su hijo nomás estaría unos 15 días preso.

“Yo les dije que siendo víctima de los pandilleros, ahora ustedes me llevan a este cipote que es trabajador, no es pandillero”. Un soldado le insistió que René era pandillero.

A René no le encontraron nada más que sus herramientas de trabajo. No andaba ni teléfono. Entonces un soldado le argumentó que el teléfono lo había dejado porque ocultaba algo. Juana le replicó que el teléfono de René lo usaba también ella.

Juana no ha visto a su hijo desde aquel 11 de septiembre. Solo le han dicho que está en el penal de Mariona, donde ella le ha ido a dejar el paquete de higiene y alimentación.

“Cuando hemos podido le hemos ido a dejar paquete. Allá solo Dios sabe si se los entregan o no. Hemos ido unas siete veces a dejarle paquete. A veces gastamos 50 o 60 dólares porque como uno no tiene dinero para ponerle mucho. Le ponemos lo más necesario”, afirma Juana.

Según Juana, en la Procuraduría General de la República le han dicho que a quienes los han capturado sin encontrarles ninguna evidencia van a pasar otro año más bajo investigación. Con la abogada asignada a René nunca ha podido hablar porque siempre le dicen que no se encuentra en la oficina.

Foto EDH/ Menly González

Víctima de las pandillas y víctima de los militares

A sus 53 años, Juana ha sufrido en carne propia la criminalidad, tanto la cometida por las pandillas como de parte de las fuerzas del Estado, que en 17 meses de vigencia del estado de excepción, han encarcelado a miles de personas inocentes, de las cuales cientos han perdido la vida mientras estaban bajo la responsabilidad del sistema penitenciario, según datos de organizaciones de derechos humanos como Cristosal y Socorro Jurídico Humanitario.

El 4 de septiembre de 2019, Juana y su familia, por fin, pudieron enterrar los restos  de Saúl, después de una espera de casi tres años, desde que desapareció tras haber sido asesinado, junto a tres soldados más, por pandilleros de la colonia Vista al Lago, de Ilopango. Tres años después de enterrar a su hijo, Juana ahora asegura estar sufriendo un dolor infligido por quienes menos se lo esperaba: de la misma institución a la que Saúl pertenecía.

Es por ello que Juana les reclamó a los cuatro militares que le capturaron a René, quienes la insultaron diciéndole que su hijo René era pandillero y que muchas veces “las viejas p….” alcahueteaban a sus hijos pues a sabiendas de que eran pandilleros ellas alegaban que eran inocentes.

Juana y su familia viven en el cantón Sincuyo, de Tacuba, en una casa con paredes de bahareque y con techo de lámina. Por su misma situación económica no tienen la posibilidad de pagar abogado particular para René; un defensor público lleva el caso. Ella teme que su hijo sea condenado injustamente.

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Por ahed